sábado, 4 de enero de 2014

TODA CLASE DE PIELES



PROPÓSITOS DE LECTURA FOLCLÓRICA
         Intentaremos, una vez  a la semana, o cada quince días, realizarles un relato oral, manteniendo siempre la misma liturgia y algunas condiciones especiales (la luz del aula un poco más tenue, adecuación del tono de voz ), para conferir a estos momentos cierta “magia”. Queremos crear una hora especial para ellos, que conozcan y esperen con ganas: “La hora del cuento mágico”. Vamos por un lado a intentar que aprendan de manera lúdica, y por otro, a mantener vivas tantas y tan preciosas narraciones folclóricas.


EN CUANTO A LA ADAPTACIÓN
         Para la adaptación del cuento “Toda la clase de pieles” que se puede leer a continuación, he intentado obrar, en la manera de lo posible como si de Wilhem Grimm me tratara. Mi filosofía será la de mantener en la medida de lo posible el relato original, realizando las adaptaciones necesarias para el público al que va dirigido. En este caso, pretendo que se lea en tercero de educación primaria. Si me apuráis, podríamos utilizarla como una de las primeras historias que les leeremos ese año..
Me ha gustado la originalidad del relato (no lo había escuchado nunca). De modo que esperemos sorprenderlos y comenzar a “engancharlos” para conseguir que esperen la segunda sesión de cuentos maravillosos con más ganas que la primera. Creo que es un tema que en esa edad aún puede “llamarles la atención”. Quizá en cursos superiores, y especialmente en tercer ciclo, los príncipes y las princesas no sean lo más adecuado, si no es con una adaptación mucho más severa,  para iniciarlos en el mundo del relato maravilloso.
Voy a mantener, como ya he dicho, los grandes rasgos del relato, cambiando solo los aspectos más morbosos y complicados para su edad. Mantendré un tipo de narración sencilla, sin abusar de oraciones subordinadas o de descripciones demasiado complejas,  aunque tampoco simplificaremos demasiado el texto. Tendrá una longitud importante y tramos de comprensión un poco más difícil. Al fin y al cabo, pretendo que se diviertan, pero también que mejoren a nivel sintáctico y de vocabulario.
Más específicamente, he evitado el tema del incesto, cambiando ligeramente la historia.
Mantengo el esquema básico de los cuentos maravillosos, describiendo el paso de la infancia a la edad adulta. Un poco por voluntad propia y un mucho por las circunstancias, la protagonista de la historia se ve obligada a dejar su hogar y a realizar un viaje iniciático, superando diferentes pruebas para llegar a la edad adulta.
Pero, no sólo he intentado respetar las características que enumeré en mi anterior artículo que podían definir a un buen adaptador de cuentos, he intentado también respetar uno de los puntos que más me han llamado la atención de los textos folclóricos: Los cambios que se producen en las historias debido a su trasmisión, tanto vertical como horizontal. Lejos de repetir varias veces la grabación de la narración y transcribir fielmente, he escuchado una sola vez el audio y he intentado una reproducción lo más fidedigna posible. Seguro que Irune advierte ciertos cambios con su original, pero creo que esta es la magia de los relatos folclóricos, y, romperla, me producía cierta consternación.
Sin más dilación, el relato:


TODA CLASE DE PIELES
         Érase que se era, en un país muy lejano, un maravilloso reino, gobernado por una no menos maravillosa reina, pero también por un  malvado y malhumorado Rey.
Los Reyes habían tenido dos hijos, el primero varón, y la segunda, la más pequeña, una preciosa niña. Tan preciosa, que tenía la melena rubia más larga que podáis imaginar, los ojos azules como el cielo más limpio, y los dientes blancos y relucientes como perlas.
La reina trataba a los dos hijos por igual, les prestaba la misma atención y les dedicaba los mismos cuidados. Pero el rey, que ya había tenido un primogénito varón, y por tanto heredero, prácticamente olvidaba a su hija.
El monarca solo pensaba en su reino, dedicaba gran parte de su tiempo a los quehaceres propios de la profesión, y el resto, a preparar a su hijo para su futuro reinado.
Llegó el año en que la princesa cumpliría su mayoría de edad y la reina, encantada con la noticia, se dispuso a preparar una magnífica fiesta.
-Quiero que mi hija tenga la ropa más bonita del reino, así que deseo que se le confeccionen cuatro vestidos únicos- explicó  a los sastres que había mandado llamar.    
-El primero- prosiguió- más dorado que el sol; el segundo, más plateado que la luna; el tercero, más brillante que las estrellas-
-¿Y el último?-Preguntaron los sastres intrigados
-El último, será muy muy especial. El último quiero que sea de pieles, pero que tenga un trozo de piel de cada animal del planeta- 
-Pero eso es imposible-Espetaron los sastres
-Y muy caro para alguien que ni siquiera gobernará mi reino- Grito el rey con su habitual mal humor- ¿No podemos hacerle regalos más baratos?-
-No-replicó la reina-Quiero que mi hija se sienta especial, nunca le haces caso, y esta vez es una celebración que no se repetirá jamás-
Abrumado por tales argumentos, el rey dio su brazo a torcer, pero frunció el ceño, maquinando quien sabe que intrigantes planes.
Y pasaron los meses, y se utilizó hilo de oro para el primer atuendo, y de plata para el segundo, y miles de diamantes para el tercero. Y los sastres tejieron, cortaron y unieron. Y los vestidos, el más dorado que el sol, y el más plateado que la luna, y el más brillante que las estrellas, estuvieron listos. Y los cazadores consiguieron las pieles, y los curtidores las prepararon, y los sastres volvieron a coser, y el vestido de toda clase de pieles, estuvo también preparado. Y llegó el día del gran cumpleaños.
Ese día, la reina se levantó emocionada, pensando en todo lo que podría disfrutar su pequeña. No podía imaginar lo que acontecería después. El rey le llamó a su despacho y le explicó su terrible plan.
-Hoy es el cumpleaños de tu adorada hija, por fin vas a poder darle esos vestidos con los que te encaprichaste- Le dijo con una sonrisilla malévola
-Si, se me ha hecho muy larga la espera- Respondió la reina sin sospechar nada.
-Pues que sepas,-dijo el rey con voz cada vez más grave-que esos vestidos van a servir de dote. He hablado con el rey del reino colindante, y mañana mismo su hijo y nuestra hija contraerán matrimonio-
La reina ahogó un sollozo, pero fue incapaz de articular palabra
-Y que sepas- prosiguió él- que vamos a conseguir parte de sus tierras y de su ejército, seremos aún más poderosos.
-¿Pero es que no te importa nada tu hija?- habló por fin la reina- Dicen que ese príncipe no consigue esposa por su manera de tratar a las mujeres, dicen que incluso las pega y las maltrata. Además, es veinte años mayor que ella, y es muy feo, parece un monstruo- la reina no acaba de creer lo que oía.
-Me importa mucho más el nuestro gobierno; tu hija, siempre fue un estorbo desde su nacimiento-Las palabras del rey eran cada vez más crueles.
La reina decidió advertir a la princesa, y subió corriendo hasta sus aposentos.
Le contó los planes de su padre y esperó la reacción de la princesa, que no se hizo esperar.
-Mamá, te quiero mucho, pero si eso es lo que me depara quedarme a vivir aquí, hoy mismo me escaparé-
-Hija mía, te quiero mucho, pero prefiero sentir que eres libre, aunque no vuelva  a verte, que observar todos los días tu tormento-la reina cogió aire, al borde del llanto-Pero antes de que marches, quiero que te lleves esto como recuerdo- y descolgó una cadena de oro que llevaba al cuello, introduciendo una pequeña medalla, una bota de oro en miniatura y la alianza que portaba en su mano derecha-Ya no la quiero-explicó-ya no me trae ningún recuerdo bueno.
La madre y la hija se fundieron en un emotivo abrazo, pero la reina lo interrumpió, pues había recordado algo.
-Hija, quiero que te lleves una cosa más. Tu padre los pensaba usar como dote, pues su fabricación ha sido muy costosa, pero me da igual que se enfade, al fin y al cabo, eran tu regalo de cumpleaños- y le mostró los cuatro vestidos tejidos para la ocasión.
-Mamá, son preciosos-
-Ni comparables a tu belleza-halagó la reina-Tu padre llegará en breve para explicar su plan, y ya no podrás huir.
La princesa se colocó los cuatro vestidos, uno encima de otro, dejando para el final el de toda clase de pieles. Bajó corriendo las escaleras de la torre donde se encontraba su habitación, y dobló la esquina que le conducía a la puerta del castillo, justo antes de ver a su padre que, escoltado por dos soldados, se dirigía a buscarle para comunicarle los planes de boda.
La joven entró corriendo en el bosque, y no paró de correr en todo el día. Se escondió dentro de un tronco hueco para dormir, y emprendió marcha al día siguiente. Después de dos días de frenética huida, pensó que sería mejor correr por la noche y dormir durante el día, y así lo hizo.
Pasó una semana, o diez días, o quien sabe si quince. La princesa había perdido la noción del tiempo. Estaba desorientada, cansada, y hambrienta. Tenía la cara sucia, el pelo enmarañado, y las manos negras. Cierta mañana, escuchó ruido de pasos y de ladridos. Se acurrucó aún más en el tronco donde pensaba dormir, intentando pasar inadvertida. -¿serán los perros de los cazadores de mi padre?-se preguntaba aterrada-espero que no me huelan.
Pero el olfato de los perros era muy fino, y enseguida rodearon el árbol hueco y comenzaron a ladrar. Los cazadores, que solo veían un montón de pelo rubio y una extraña combinación de pieles, se prepararon para disparar.
-Alto por favor, no soy ningún animal-comenzó a gritar la princesa
Los cazadores sacaron a la joven de su agujero, pero cuando le interrogaron sobre su nombre y procedencia, solo obtuvieron una respuesta:
-Soy un pobre animal perdido, que no sabe de donde viene ni adonde va-La princesa esperaba que la tomaran por loca y que la llevaran con ellos sin hacer más preguntas, pues ya se había dado cuenta que los cazadores no eran del reino de su padre.
Efectivamente, decidieron llevarla con ellos, al castillo de su rey, donde de nuevo fue interrogada y donde pronunció las mismas palabras que en el bosque:
-Soy un pobre animal perdido, que no sabe de donde viene ni adonde va-
El rey pensó que aquella chica estaba loca, pero como tenía buen corazón, le mandó a trabajar a las cocinas de palacio. Allí, todo el mundo empezó a llamarle Toda-clase-de-pieles.
Toda-clase-de-pieles mantenía su cara ennegrecida, sus manos sucias y sus abrigos puestos. Su belleza seguía pasando desapercibida. Empezó barriendo y fregando, pero poco a poco fue ganándose la confianza del cocinero, realizando pequeñas labores propias de la cocina. Cuando más integrada empezaba a encontrarse, se enteró de que se iba a celebrar un gigantesco baile (tan grande que duraría tres días), para que el príncipe heredero eligiese esposa. -¡Dios, si es guapísimo!-pensó- ojala pudiera ser yo la afortunada.
Así que, ni corta ni perezosa, Toda-clase-de-pieles pidió al cocinero asomarse al baile para poder disfrutar del espectáculo.
-Está bien- le dijo este- pero yo voy a estar muy atareado, de modo que tendrás que volver a tiempo de preparar el caldo que el príncipe toma todas las noches antes de acostarse-
La otro tiempo princesa, corrió a su habitación, se lavó la cara y las manos, se cepilló el cabello y se quitó los otros vestidos, dejando a la vista, el que era más dorado que el sol.
Toda-clase-de-pieles volvía a resplandecer. Desde el momento en que entró en el baile, su belleza eclipsó a la del resto de pretendientas. El príncipe bailó, charló, y se rió con ella. Pero cuando avanzó la tarde, el rey recriminó a éste que solo tuviese ojos para una mujer, y Toda-clase-de-pieles aprovechó el momento para escapar. Fue a su cuarto, se tiznó la cara y las manos, se colocó el abrigo de pieles y regresó a la cocina para preparar el caldo. Se lo llevó al príncipe en un cuenco, pero dejó caer dentro la pequeña medalla que su madre le había regalado. El príncipe encontró el objeto al acabar el caldo, y, extrañado, bajó a preguntar al cocinero.
-¿Quién preparó mi caldo de esta noche?-
-Yo, majestad-mintió el susodicho-¿acaso no era de su agrado?-
-¡Oh si!, estaba mejor que nunca.- ¿Y no dejaste caer nada dentro?
-No majestad, tuve mucho cuidado al prepararlo-
-Está bien, que descanséis- acabó la conversación el príncipe, de vuelta a su habitación .
El cocinero, enfadado, recriminó a Toda-clase-de-pieles que seguramente habría dejado caer un pelo en el caldo, pero como el príncipe parecía contento, no insistió demasiado en el tema.
El segundo día de baile, se repitió el proceder del primero. Esta vez, Toda-clase-de-pieles apareció con su vestido más plateado que la luna. De nuevo, se repitieron las escenas de la noche anterior, y de nuevo, nuestra protagonista aprovechó las recriminaciones del rey para huir a su habitación, ennegrecer su pelo, su cara y sus manos, y preparar el caldo. Esta vez, dejó caer la pequeña bota de oro en el cuenco, y llevó el caldo al príncipe.
Éste, se encontraba en su habitación, pensando… -¿Quién era la maravillosa muchacha?- Esta claro que era de alta cuna, pues sabía hablar, moverse y comportarse, sin embargo, nadie parecía conocerla. En esas estaba, cuando llamaron a su puerta. Cogió el caldo, lo bebió, y aún más extrañado que el primer día, extrajo el objeto dorado. Bajó presuroso a la cocina, y repitió el interrogatorio de la noche anterior, obteniendo las mismas respuestas. Cabizbajo, regresó a descansar, pues le quedaba aún el último día de baile.
Mientras, el cocinero abroncaba a Toda-clase-de-pieles, pues, si bien el caldo estaba muy bueno, el príncipe había vuelto a encontrar algo dentro.
-¡Sólo espero que mañana tengas mucho más cuidado- Advirtió con tono grave.
Y llegó por fin, el último día de baile. Esta vez, Toda-clase-de-pieles se puso su vestido más brillante que las estrellas, y el resultado fue demoledor. Incluso algunas de las damas presentes en la fiesta no pudieron más que abrir la boca al verla. El príncipe, decidido a no dejarla escapar, se pegó a ella desde el inicio, y no se separó en toda la noche. Solo cuando el baile agonizaba, y exhortado por su padre, se alejó unos metros de ella para despedir a alguna de las pretendientas. Toda-clase-de-pieles salió corriendo, más rápido que nunca, pues veía que no iba a poder preparar el caldo. Entró en su habitación, pero con las prisas, solo tiznó su cara y enmarañó su pelo, dejando las manos resplandecientes. Preparó el caldo, y deslizó en el cuenco el último objeto de su collar, el último recuerdo de su madre: El anillo de casada.
Llamó a la puerta del príncipe con la cabeza baja, como siempre, y se extrañó cuando este le mandó pasar, y le hizo esperar delante de él, mientras se tomaba       
el sabroso líquido.
Acabando el cuenco, el futuro rey encontró el anillo y se lo mostró a  toda-clase-de-pieles.
-¿Sabes lo que es esto?- le preguntó
-No-masculló ella, avergonzada-
-Pues es un anillo-comenzó, sonriente- igual que el que he deslizado en tu dedo corazón mientras bailábamos esta noche, y que has olvidado quitarte-
 Toda-clase-de-pieles fijó su vista en su mano derecha, donde chispeaba un bonito anillo dorado, y, avergonzada, levanto la vista hacia el príncipe. Este, tomándole de las manos, le dijo:
-No me importa de donde vienes, ni tu pasado, solo se que te quiero, y que mañana mismo nos casaremos-

Y así fue como Toda-clase-de-pieles recuperó su condición de princesa. Y los dos vivieron juntos y muy felices.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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